Has dado el paso más importante: reconocer que Dios existe y querer no solo saber de Él, sino conocerlo personalmente. Y aquí es donde a muchos les espera la decepción. En lugar de la luz, la calidez y la paz esperadas, hay silencio. Una oración, pronunciada por primera vez, parece caer en el vacío. El corazón permanece insensible. Surge la pregunta: "¿Dónde está? ¿Por qué no siento nada?".