Iglesia Ortodoxa Rusa (Patriarcado de Moscú)
Biblioteca de literatura misionera en varios idiomas.
Proyecto del Departamento Misionero Sinodal “Traductor Ortodoxo”.
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¿Por qué veneramos a los santos?

Una de las preguntas más frecuentes entre quienes pertenecen a otras confesiones es: "¿Por qué rezan a los santos? ¿Acaso no es adorar a personas en lugar de a Dios?". Esta pregunta surge de un sincero deseo de preservar la pureza de la fe y evitar la idolatría. ¿Qué significa realmente la veneración de los santos en la Iglesia Ortodoxa y por qué es tan importante para nosotros?

Adoramos solo a Dios.

Lo más importante para empezar es que la Iglesia Ortodoxa distingue estrictamente entre dos conceptos:
  • La adoración que solo se debe al Dios Único, Creador de todas las cosas. Es un servicio que implica sacrificio, adoración absoluta y entrega total.
  • La veneración que les damos a los santos. Es respeto, reverencia, recuerdo agradecido y amor por aquellos que agradaron a Dios con sus vidas.

Adoramos y servimos únicamente a Dios. Veneramos a los santos como a nuestros hermanos mayores, quienes recorrieron el camino de la vida terrenal con dignidad y ahora moran con Cristo.

Imagina la siguiente situación: tienes problemas en el trabajo. Podrías, por supuesto, acudir directamente a tu superior en busca de ayuda. Pero, ¿no sería razonable pedirle a un amigo que conoce al jefe personalmente y goza de su respeto que interceda por ti? Tu amigo no sustituirá al jefe ni tomará decisiones por él, pero su petición podría ser escuchada con más atención.

Hacemos lo mismo en la oración. Acudimos a los santos no en lugar de Dios, sino acudimos a Dios junto con ellos. Les pedimos: «¡Rueguen por mí, pecador, al Señor!». Los santos son nuestros intercesores, nuestros protectores. Ante el trono de Dios, escuchan nuestras súplicas y, junto con nosotros, las elevan a Dios. ¿Acaso rechazamos la ayuda de nuestros amigos en la vida terrenal? No, la valoramos. Entonces, ¿por qué rechazar la ayuda que va más allá? Estamos llamados a «orar los unos por los otros». Los santos son quienes continúan cumpliendo este mandato en el Reino de los Cielos.

Recuerden que la Iglesia no es simplemente una comunidad de personas que viven en la tierra. Es una sola familia que une a vivos y muertos, regocijándose en el cielo. Creemos que la muerte no rompe la unidad en Cristo, sino que simplemente traslada a la persona a un estado diferente.

Cuando oramos a un santo, no nos dirigimos a un ideal abstracto, sino a una persona que, como nosotros, ha luchado contra sus pasiones, experimentado dudas, caído y subido, pero jamás ha abandonado a Dios. Nos comprenden; nuestras dificultades no les son ajenas. En ellos encontramos mentores sabios, intercesores que nos aman sinceramente y desean nuestra salvación.

Recurrimos a San Nicolás cuando viajamos, al sanador Panteleimón cuando enfermamos, a San Sergio de Radonezh cuando estudiamos; no porque se especialicen en estos problemas, sino porque sabemos, por sus vidas y la experiencia de la Iglesia, que a través de sus oraciones, Dios nos brinda esta ayuda con especial poder. Esta es una experiencia de amor y confianza que se ha desarrollado a lo largo de los siglos.

¿Por qué acudimos a ellos y no directamente a Cristo?

Esta pregunta surge con frecuencia. La respuesta es sencilla: acudimos tanto a Cristo como a los santos. No son mutuamente excluyentes. La oración a los santos nunca reemplaza la oración a Dios. Al contrario, la fortalece y la enriquece.

Iconos y Reliquias: Ventanas al Mundo Celestial

La veneración de los santos se expresa tanto en la oración ante sus iconos como en el trato reverente de sus reliquias. Un icono no es un ídolo ni un retrato. Es una ventana al mundo celestial, una imagen que nos ayuda a concentrarnos en la oración y a dirigirnos mentalmente a la persona representada. Las reliquias son los restos de los santos que, por medio de las oraciones de los fieles, se convierten en fuente de milagros y sanaciones. Esto confirma que Dios glorifica a quienes Lo glorifican, y que incluso el cuerpo de un santo se convierte en recipiente de gracia, prenda de la futura resurrección de toda la humanidad.

La veneración de los santos no es una desviación de la fe, sino su desarrollo natural y gozoso. Es un testimonio de que la Iglesia es una gran familia amorosa, donde nadie es olvidado, donde todos están unidos por los lazos de la oración y el amor mutuos. No estamos solos en nuestra lucha contra el pecado. Contamos con multitud de ayudantes, intercesores y defensores que ya han alcanzado su meta y ahora, con amor, nos tienden una mano amiga en nuestro camino hacia Dios, para que, sostenidos por su ejemplo y sus oraciones, también alcancemos el Reino de los Cielos.