Los adultos solemos mirar a los niños desde la perspectiva de nuestra experiencia y conocimiento. Les enseñamos, les instruimos y les mostramos cómo funciona el mundo. Pero si los observamos con atención y humildad, nos sorprenderá descubrir que nosotros también tenemos mucho que aprender de ellos. El mismo Señor Jesucristo señaló a los niños como modelos a seguir para Sus discípulos: "Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos" (Mateo 18:3).
¿Qué tienen de especial los niños? ¿Qué cualidades de su corazón valora tanto Dios? ¿Qué perdemos tan a menudo al crecer?
¿Qué tienen de especial los niños? ¿Qué cualidades de su corazón valora tanto Dios? ¿Qué perdemos tan a menudo al crecer?
1. Humildad y confianza
Un niño pequeño no duda de que sus padres saben más. Les da su mano y confía en ellos sin preguntarles adónde van exactamente. No intenta controlar el camino; simplemente confía. Esta es la verdadera humildad: reconocer que hay Alguien a Quien se puede confiar tu vida, Alguien Sabio y Amoroso.
En nuestra relación con Dios, a menudo nos comportamos como adolescentes testarudos: queremos forjar nuestro propio camino, discutimos, exigimos respuestas y nos ofendemos cuando las cosas no salen según lo planeado. Pero el Señor espera de nosotros la confianza de un niño. Que Le confiemos nuestras vidas, nuestras penas y nuestras alegrías, creyendo que Su amorosa Providencia siempre obra para nuestro bien, aunque ahora no lo entendamos.
En nuestra relación con Dios, a menudo nos comportamos como adolescentes testarudos: queremos forjar nuestro propio camino, discutimos, exigimos respuestas y nos ofendemos cuando las cosas no salen según lo planeado. Pero el Señor espera de nosotros la confianza de un niño. Que Le confiemos nuestras vidas, nuestras penas y nuestras alegrías, creyendo que Su amorosa Providencia siempre obra para nuestro bien, aunque ahora no lo entendamos.
2. Actitud no vengativa y facilidad para perdonar
Los niños pueden discutir acaloradamente por un juguete, incluso pelear, y cinco minutos después estar riendo y jugando juntos como si nada hubiera pasado. No guardan rencor, no planean venganza ni realizan diálogos internos sobre la justicia. Simplemente perdonan y lo dejan ir.
Los adultos, sin embargo, podemos guardar rencor durante años, alimentarlo y contárselo a nuestros amigos, envenenando nuestra propia alma. De los niños, podemos aprender esta asombrosa facilidad para perdonar, que sana no solo las relaciones, sino también a nosotros mismos.
Los adultos, sin embargo, podemos guardar rencor durante años, alimentarlo y contárselo a nuestros amigos, envenenando nuestra propia alma. De los niños, podemos aprender esta asombrosa facilidad para perdonar, que sana no solo las relaciones, sino también a nosotros mismos.
3. Sinceridad en la oración
Las oraciones de los niños suelen ser verdaderamente genuinas. Un niño podría simplemente decir: "Señor, por favor, ayuda a mamá para que no tenga dolor de cabeza" o "Gracias por las deliciosas fresas". No hay términos teológicos complejos, ni frases memorizadas, ni deseo de impresionar. Solo hay una súplica pura, sencilla y sincera a Dios como lo más cercano a uno mismo.
Nosotros, sin embargo, a menudo abordamos la oración formalmente, como un ritual obligatorio. Leemos la regla de oración, pero nuestros pensamientos divagan. Los niños nos enseñan que la oración no es un informe, sino una conversación viva con un Padre Amoroso, a Quien podemos acudir con cualquier petición, incluso la más pequeña y sencilla, o сon expresión de gratitud.
Nosotros, sin embargo, a menudo abordamos la oración formalmente, como un ritual obligatorio. Leemos la regla de oración, pero nuestros pensamientos divagan. Los niños nos enseñan que la oración no es un informe, sino una conversación viva con un Padre Amoroso, a Quien podemos acudir con cualquier petición, incluso la más pequeña y sencilla, o сon expresión de gratitud.
4. La capacidad de sorprenderse y disfrutar de las pequeñas cosas
Para un niño, el mundo está lleno de maravillas: la primera nevada, un insecto que gatea, un arcoíris después de la lluvia. Él ve magia en las cosas más cotidianas y se regocija genuinamente en ellas. Con los años, este sentimiento se apaga. Nos volvemos cínicos, pensando que ya lo hemos visto todo. Pero la capacidad de ver la belleza del mundo de Dios en cada brizna de hierba, de agradecer cada nuevo día es la base de la alegría espiritual. Es la capacidad de notar rastros del amor y el cuidado de Dios en nuestra vida cotidiana.
5. Disposición a aprender y admitir la propia ignorancia
Un niño no se avergüenza de decir: "No lo sé. Explícamelo". Absorbe nuevos conocimientos con gran interés, hace miles de preguntas y mira el mundo con los ojos abiertos, listo para aprender de nuevo cada día. Los adultos, sin embargo, a menudo sufrimos de orgullo espiritual. Creemos que ya lo entendemos todo, que lo sabemos todo. Desdeñamos los consejos de nuestros padres espirituales y desechamos las enseñanzas de los Santos Padres. Olvidamos que, en realidad, somos solo niños ante la infinita sabiduría de Dios, y solo un corazón humilde y abierto es capaz de recibir el verdadero conocimiento que desciende de Dios.
Sigamos el consejo del Salvador y aprendamos de los niños. No para volvernos infantiles, sino para adquirir esas cualidades de corazón puro, claro y sincero que abren las puertas del Reino de los Cielos.
Sigamos el consejo del Salvador y aprendamos de los niños. No para volvernos infantiles, sino para adquirir esas cualidades de corazón puro, claro y sincero que abren las puertas del Reino de los Cielos.