A menudo, cuando hablamos de fe y vida espiritual, pensamos en cosas elevadas: la oración, las buenas obras, el amor al prójimo. Y es lo correcto. Pero hay un ámbito donde nuestra fe se topa con la realidad más sencilla y terrenal: cuidar lo que Dios nos ha dado: nuestro cuerpo, nuestra salud. Hablemos con amabilidad y sin juzgar sobre lo que impide a muchos vivir una vida plena: los malos hábitos, el alcohol y el tabaco.
Este es un tema difícil, rodeado de mucho dolor, vergüenza y desesperación. Si usted o su ser querido ha enfrentado esta tragedia, sabe que las simples advertencias como "es dañino" no funcionan.Miremos este problema no desde un punto de vista moralista, sino desde el punto de vista de una persona amorosa, con la ayuda de Dios, Que desea para nosotros la sanación y una vida plena.
Tres niveles de un problema
El problema con estos hábitos es que afectan todas las áreas de la vida de una persona.
Cuerpo: daño a la salud. Esto es más o menos obvio. El alcohol y el tabaco son venenos que destruyen el cuerpo lenta pero inexorablemente. El corazón, los pulmones, el hígado y el cerebro sufren. Con nuestras propias manos, acortamos y envenenamos la vida misma que nos fue dada como un regalo precioso. El apóstol Pablo nos recuerda: "¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo…? glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios." (1 Corintios 6:19-20). Nuestro cuerpo no es nuestra propiedad; es un templo que estamos obligados a proteger.
Relaciones: la ruptura de la familia y las amistades. El pecado de la embriaguez siempre es egoísmo. Una persona adicta se encierra gradualmente en sí misma, reduciendo su mundo al cuello de una botella o a una cajetilla de cigarrillos. Sus seres queridos sufren: los hijos que no ven a su padre sino su enfermedad; los cónyuges que viven en constante estrés y miedo; los amigos que se alejan por mentiras e irresponsabilidad. Tal pecado nunca es un asunto personal; siempre daña a quienes la rodean.
Alma: alejamiento de Dios. Este es el resultado más importante y trágico. La intoxicación constante u otras adicciones endurecen el corazón, incapacitándolo para la oración, la alegría serena y la recepción de la gracia de Dios. El alma se vuelve opaca y confusa, y la voz de la conciencia se acalla cada vez más. Una persona pierde gradualmente la conexión más importante —la conexión con Dios— al elegir voluntariamente aquello que la destruye.
No es un juicio, sino un camino hacia la sanación.
Si usted lo está leyendo y se reconoce a sí mismo o a su ser querido, por favor, no se desespere ni se culpe aún más. La Iglesia no es un club de personas perfectas. Cristo no ha venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento. (Mateo 9:13). Su amor y perdón se extienden a todos sin excepción.
Superar una adicción es un largo camino, y es increíblemente difícil hacerlo solo. Pero usted no está solo. El primer paso, y el más importante, es reconocer honestamente el problema y buscar ayuda.
Acuda a Dios. Párese frente al ícono y simplemente, con sus propias palabras, diga: «Señor, estoy confundido, me cuesta mucho, no puedo con esto solo. ¡Ayúdame, dame fuerzas!». No espere un milagro instantáneo, sino que comience con esta oración sincera.
Busque apoyo en la Iglesia. Hable con un sacerdote; si está bautizado, confiésese. No tema el juicio del sacerdote; créalo, ha escuchado muchas historias. No le juzgará, pero le dará consejos, le apoyará con la oración y quizás le prescriba una penitencia que no sea abrumadora, sino que sea el primer paso hacia la abstinencia.
Busque apoyo fraternal. Muchas iglesias hoy en día tienen grupos especiales de apoyo y comunicación para quienes luchan contra las adicciones. La oración común, las historias de quienes ya están en el camino de la sanación y la comprensión de que no estás solo son increíblemente poderosas.
Luchar contra un mal hábito no es un acto que se hace una sola vez, sino una elección diaria, a veces minuto a minuto. Habrá caídas y fracasos. Pero después de cada caída, hay que levantarse, arrepentirse y seguir adelante, confiando en la misericordia de Dios.
No se culpe por su debilidad, sino pídale fuerza a Dios. No se obsesione con su fracaso, sino mire a Cristo, Quien le extiende su mano. El camino a la libertad comienza con un pequeño paso: con la decisión de confiar su debilidad a Aquel Que puede convertirla en fortaleza.