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En la búsqueda del éxito: ¿por qué adoramos a un falso ídolo?

Hoy en día, el culto del «éxito por el éxito» nos acecha por todos lados. Las redes sociales, la publicidad y las tendencias motivacionales famosasnos repiten el mismo mantra: debes ser el mejor, el más rico, el más conocido, crecer constantemente y lograr más. Debes ser «eficaz» en todo. Suena inspirador, ¿no? Pero ¿por qué esta carrera frenética lleva tan a menudo al agotamiento, la ansiedad y una sensación de vacío, como si subieras una escalera interminable que no conduce a ninguna parte?

Desde el punto de vista cristiano, esta persecución obsesiva no es otra cosa que una de las formas más antiguas de idolatría. Simplemente hemos reemplazado al becerro de oro por otra matrícula de honor, un automóvil caro y el número de «likes». Y el resultado, por desgracia, es el mismo: la decepción. ¿Por qué? Vamos a analizarlo.

¿Qué hay mal con el culto del éxito?

El principal problema del culto del éxito contemporáneo es que carece de propósito. Propone trepar hacia arriba sin preguntarse «¿para qué?». Sustituye el contenido interior y espiritual por atributos externos, a menudo ostentosos. Su lema es: «Tener antes que ser».

El sabio rey Salomón, que poseía absolutamente todo lo que uno podía desear o imaginarse — riqueza, gloria, poder, sabiduría, — resumió así esta búsqueda: «¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad y aflicción del espíritu!» (Ecclesiastés 1:2). Comprobó en su propia experiencia que todos los logros terrenales son como perseguir el viento. No pueden dar al hombre lo esencial: paz duradera y sentido.

«Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol» (Ecclesiastés 2:11).

El éxito mundano es, por naturaleza, efímero y transitorio. Una enfermedad, una crisis económica, una decisión equivocada – y todo lo que ha sido tan importante puede no quedar ni rastro. Construir su felicidad sobre un terreno tan inestable es extremadamente imprudente.

¿En qué consiste entonces el verdadero «éxito»?

El cristianismo propone una escala de valores completamente distinta. Desde la perspectiva de la eternidad, no es exitoso quien más ha acumulado, sino quien más ha dado. No es exitoso quien ha sometido a muchos, sino quien ha podido vencer sus propias pasiones y ha aprendido a amar. El verdadero éxito es encontrar la paz en el alma y salvarla para la Eternidad.

Imaginen dos escenas:

Un hombre que persigue el culto del éxito. Tiene un coche de alta gama, pero se enfada constantemente en los atascos. Tiene una gran casa, pero no hay paz ni amor en ella, porque cada miembro de la familia vive su propia vida. Ha logrado reconocimiento, pero no duerme por las noches, temiendo perderlo todo. Su éxito se ha ganado a costa de su salud, su familia y su paz interior.

Y hay un hombre que rechaza esta carrera. Puede tener un trabajo modesto y un apartamento ordinario. Pero su corazón está lleno de una alegría serena y de gratitud hacia Dios por cada día. No persigue ilusiones, porque sabe que su principal tesoro no está aquí. Él sabe alegrarse de las cosas sencillas: el sol tras la ventana, el sabor del pan fresco, la sonrisa de un ser querido. Su vida tiene un fundamento sólido: la fe y la confianza en Dios.

Tal persona es verdaderamente libre. No se puede chantajear a él con dinero o estatus, no se le puede privar de lo esencial, porque su tesoro principal está en su interior y en la Eternidad.

¿Cómo salir del camino trillado?

Esto no significa que hay que abandonar todo y dejar de trabajar. ¡No! El trabajo es una virtud. Pero es importante cambiar el enfoque y trazar una línea clara.

Pregúntense «¿para qué?» Antes de lanzarse a una nueva carrera, pregúntense: «¿Para qué me sirve esto? ¿Con qué propósito? ¿Para alimentar su ego, para demostrar algo a alguien? ¿O para servir a Dios y al prójimo, mantener a la familia, desarrollar los talentos que Dios les ha dado?". El motivo es muy importante.

Valoren no solo el resultado, sino también el proceso, los esfuerzos realizados. Hagan su trabajo bien, pero no por los aplausos, sino porque es su deber y su camino hacia Dios.

Encuentren tiempo para el silencio. Recuerden el mandamiento del sábado, día dedicado a Dios. Al menos una vez por semana, procuren desconectarse del ajetreo. Vayan a la iglesia, pasen tiempo con su familia, lean un libro de carácter edificante, paseen por la naturaleza. Ello sana su alma y devuelve una comprensión sobria de lo que realmente importa.

No se comparen con los demás, sino con ustedes mismos de ayer. Su crecimiento espiritual es la única «competencia» que tiene sentido. ¿Se ha vuelto más bondadoso, más paciente, más humilde hoy que ayer? Ese es el principal criterio de éxito.

El verdadero éxito no consiste en conseguirlo todo. Consiste en aprender a disfrutar de lo que se tiene y en invertir la vida no en lo efímero, sino en lo eterno. En el amor, en las buenas acciones, en la oración, en la relación con Dios. Esta es la única riqueza que podremos llevarse consigo al mas allá de la muerte. Y vale la pena.