Iglesia Ortodoxa Rusa (Patriarcado de Moscú)
Biblioteca de literatura misionera en varios idiomas.
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¿Cómo ser feliz?

Todos queremos ser felices. Es uno de los deseos humanos más fundamentales y naturales. Todos buscamos el camino hacia la alegría y la paz interior. Algunos lo encuentran en sus carreras, otros en sus sentimientos, y otros en viajes y nuevas experiencias. Pero a menudo sucede así: se alcanza la meta tan anhelada, pero la felicidad esperada, por alguna razón, no llega. La emoción de algo nuevo se desvanece rápidamente, las vacaciones terminan y volvemos a sentir una ligera, y a veces incluso intensa, melancolía. Nos preguntamos de nuevo: "¿Dónde está entonces la verdadera felicidad?".

Desde una perspectiva cristiana, esta insatisfacción no es una maldición, sino una clave importante para comprendernos a nosotros mismos. Revela que nuestras almas fueron creadas para algo más que placeres temporales. Dios ha infundido en nosotros una sed de eternidad, y esta no se satisface con sustitutos terrenales. Entonces, ¿cómo podemos ser verdaderamente felices?La búsqueda del placer: ¿Por qué no conduce a la felicidad?

Hagamos una analogía sencilla. Imaginemos a un hombre atormentado por la sed en el océano salado. Cuanta más agua salada bebe, mayor es su sed y más rápido se acerca a la muerte. Lo mismo ocurre con los placeres mundanos: no sacian nuestra sed espiritual, sino que la intensifican.
La búsqueda del placer es como subir por una escalera mecánica descendente. Para mantenerse en el mismo sitio, hay que correr cada vez más rápido, mientras que subir requiere un esfuerzo titánico. La alegría de ayer ya no basta; se necesita una nueva, más fuerte. Así se forman las adicciones, el vacío y la insatisfacción perpetua. Esto no significa que Dios nos prohíba disfrutar de las cosas terrenales: la belleza de la naturaleza, estar con los seres queridos, la creatividad. Pero nos advierte que convertirlas en el propósito principal de la vida significa condenarnos a la decepción.

La felicidad en la limitación: la paradoja que conduce a la alegría

A primera vista, el camino que Cristo propone parece extraño e incluso contradictorio. Dice: «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de Mí y del Evangelio, la salvará» (Marcos 8:35). ¿Cómo debemos entender esto?

El Señor nos revela un gran secreto: para encontrar la verdadera vida y la alegría, debemos dejar de convertirnos en el centro del universo, con nuestros propios deseos efímeros. La felicidad no es un subproducto del consumo, sino el resultado de relaciones correctas y agradables a Dios: con Dios, con los demás y con nosotros mismos.

Los mandamientos de Dios no son un conjunto de restricciones diseñadas para privarnos de la alegría. Al contrario, son "instrucciones para el alma humana" de su Creador. Son reglas de vida, al seguirlas, el corazón se sana y se llena de paz.

Mira los mandamientos más importantes:
  • “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón...” – Cuando nos dirigimos a Dios en oración, le confiamos nuestras penas y le damos gracias por nuestras alegrías, nuestra vida adquiere un sentido más elevado y una base sólida. La ansiedad, el miedo y la soledad desaparecen.
  • “…ama a tu prójimo como a ti mismo”: cuando nos liberamos de la prisión de nuestro propio egoísmo y aprendemos a dar desinteresada-mente amor, cuidado y ayuda, experimentamos la alegría más profunda e incomparable.

La moderación como clave de la alegría

Aquí llegamos a un concepto importante: la moderación o el ascetismo. Muchos encuentran esta palabra intimidante, evocando imágenes de ayuno estricto y rostros sombríos. Pero en realidad, la moderación cristiana no es un fin, sino un medio. Es la higiene espiritual que nos ayuda a encontrar espacio para la verdadera alegría.

Cuando, voluntaria y sabiamente, limitamos nuestro flujo de impresiones, entretenimiento, charlas ociosas e incluso la comida (especialmente durante los ayunos), logramos algo asombroso: agudizamos nuestra capacidad para la alegría. Empezamos a notar y apreciar lo que antes se nos escapaba: la primera taza de té de la mañana, la sonrisa de un niño, la belleza de una puesta de sol, el sereno silencio de una iglesia. La moderación no mata la alegría; al contrario, la purifica, haciéndola profunda y genuina.

Cristo nos dejó una promesa extraordinaria, la receta definitiva para la felicidad: «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas» (Mateo 6:33). Esta no es una promesa de una vida fácil, sino una promesa de que nuestros corazones hallarán paz y gozo si nos centramos principalmente en Dios y vivimos conforme a su justicia.

Empieza poco a poco. Intenta no juzgar a nadie hoy, sino comprenderlo. En lugar de quejarte, encuentra un motivo de sincera gratitud a Dios. Ayuda a alguien necesitado. Y tú mismo sentirás esa paz serena pero duradera que surge en tu corazón, que es el comienzo de la verdadera felicidad eterna.