Iglesia Ortodoxa Rusa (Patriarcado de Moscú)
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¿Por qué existe el mal y la injusticia en el mundo?

Esta pregunta es una de las más difíciles y dolorosas. Vemos a personas inocentes sufriendo, enfermedades que afligen a niños, mentiras, violencia y guerras reinando en el mundo. Y una pregunta amarga surge en nuestros corazones: "¿Dónde está Dios? Si es bondadoso y todopoderoso, ¿por qué permite que todo esto suceda?"

Esta pregunta no es nueva. Ha atormentado tanto a grandes santos como a creyentes comunes. Intentemos comprenderla juntos, basándonos en lo que la fe cristiana nos revela.

La primera razón: la libertad concedida al hombre

Para comprender la naturaleza del mal, debemos remontarnos al principio, a la historia de Adán y Eva. Dios no creó a los humanos como marionetas programadas para el amor y la bondad. Nos creó a su imagen y semejanza, lo que significa que nos dio un don grandioso y terrible: el libre albedrío.

Podemos elegir libremente entre el bien y el mal, entre el amor a Dios y el egoísmo, entre confiar en Él y vivir a nuestro modo. Sin esta libertad, no habría amor verdadero ni fe genuina. El amor forzado ya no es amor.
La tragedia ocurrió cuando los primeros humanos usaron esta libertad para elegir su propio camino en lugar de confiar en el Creador. Cometieron el primer pecado. Fue como arrojar una piedra a un lago cristalino. El pecado es la piedra, y las ondas que se extienden por el agua son todas sus consecuencias: enfermedad, muerte, envidia, odio, injusticia. El mal no fue creado por Dios; surgió como una distorsión del bien mediante el abuso de la libertad.

Esto también nos ayuda a comprender la naturaleza del infierno. El infierno no es un lugar donde Dios envía con alegría a los pecadores. El infierno es el estado de una persona que ha elegido consciente y libremente el camino que la aleja de Dios durante toda su vida: el camino del odio, el orgullo y el amor propio. Al morir, simplemente recibe lo que siempre ha elegido: una existencia sin Dios.

La segunda razón: las pruebas conducen al crecimiento.

Pero ¿por qué sufren los justos? Encontramos parte de la respuesta en la historia del justo Job.
Job era un hombre piadoso y bondadoso. Dios, queriendo demostrar su fe, permite que el diablo le envíe terribles pruebas: pierde todas sus riquezas, a sus hijos y, finalmente, su salud. Sus amigos lo convencen de que debe ser culpable de algo, ya que Dios lo está castigando así. Pero incluso en el tormento más terrible, Job no renuncia a Dios. No entiende por qué le sucede esto, pero sigue confiando en Aquel que le dio la vida.

Finalmente, Dios responde a Job, revelando su grandeza y sabiduría más allá de la comprensión humana. Job se humilla ante este misterio. El resultado es significativo: Dios no solo le devuelve a Job todo lo que había perdido, sino que, lo más importante, a través del sufrimiento, su fe fue purificada de toda superficialidad. No conocía a Dios de oídas, sino que lo encontró cara a cara en lo más profundo de su sufrimiento.

Esta historia nos enseña que el sufrimiento puede ser purificador y fortalecedor. Así como el ejercicio físico intenso fortalece los músculos, las pruebas de la vida pueden fortalecer nuestro espíritu, enseñándonos compasión, paciencia, humildad y plena confianza en Dios.

La cruz que llevamos no es un castigo sin sentido. A menudo, se convierte en el instrumento que nos salva de nosotros mismos: de nuestro orgullo, de nuestra autocomplacencia, de nuestro olvido de Dios. En momentos de dolor, clamamos: "¡Señor, ayúdanos!", y esta puede ser la oración más sincera que jamás pronunciemos.

¿Qué debemos hacer ante el mal?

No culpes a Dios. Él está del lado del que sufre. Recordemos que Dios mismo, en Cristo, descendió a la tierra y soportó el sufrimiento más terrible: la traición, el juicio injusto y la muerte agonizante. No eliminó el mal con una varita mágica, sino que penetró en su esencia para vencerlo desde dentro con su amor y resurrección.

Combate el mal que llevas dentro. La manera más segura de resistir el mal del mundo es vencerlo en tu propio corazón. Conquista la irritación con bondad, la avaricia con generosidad, el odio con oración por el ofensor. Esta es nuestra contribución diaria a la sanación del alma.

Confianza. Nunca podremos comprender plenamente el plan de Dios para el mundo y para nuestras vidas. Pero podemos confiar en Él, como un niño confía en un padre amoroso, incluso cuando tiene miedo y está herido. Creemos que, en última instancia, como dice el apóstol Pablo, «todas las cosas obran para bien de quienes aman a Dios» (Romanos 8:28).

El mal es una terrible realidad en nuestro mundo, pero no es todopoderoso. Fue vencido por la cruz y la resurrección de Cristo. Nuestra tarea es aferrarnos a Cristo, y entonces ningún mal podrá privarnos de lo más importante: la vida eterna en el Reino del Amor.